viernes, 3 de diciembre de 2010

Génesis de una “adicción”

                                                    Deja Vu, Gustavo Cerati

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                                                    Mágico, Gustavo Cerati



Ford Fairlane Grand Torino 1974
Si me preguntan, en realidad no sé de dónde nació mi fanatismo por el 4x4 o por el rally. Desde pequeño, seis o siete años quizás, ya manejaba. Recuerdo que mi padre me sentaba sobre sus piernas, de manera casi irresponsable, para que yo tomara el control de aquel vehículo deportivo, un clásico de la Ford, un Fairlane Grand Torino ´74. El hecho de manejar a esa edad, lo que otros niños no hacían, digo yo, exaltaba hasta su máximo punto mi infantil ego. Hoy recuerdo esos momentos y río… la velocidad que mi papá le ponía al carro, pues yo no alcanzaba al acelerador, era de 40 kilómetros por hora, o sea nada, pero para mi eran los “súper 40 kilómetros por hora”. 

Llevar el control de un Ford Grand Torino a 40 kilómetros por hora teniendo apenas siete años era lo mejor que cualquier otro niño podría haber hecho… me consideraba lo más parecido a Shumager, Alonso o al venezolano Pastor Maldonado. Luego de algunos años… creo que tenía 12 o 14 años me posicionaba como “el dolor de cabeza” de mi papá. Todo lo que quería era manejar, me creía ya un adulto, un adulto que toma Toddy… ¡oh que adulto! Llegar a casa de mis abuelas con las llaves del Fairlane Torino en la mano me daba aires de grandeza, aunque detrás viniera mi papá regañándome por haber caído en uno, dos, tres o cuatro huecos, algo que todavía hago, a pesar de los 21 años que tengo.

Creo que la adicción a la velocidad nace cuando, por primera vez, tomé bajo mi responsabilidad un carro, uno en el que podía controlar el volante, el acelerador, luces y de vez en cuando los frenos… Era un Mitsubishi Lancer GLX que papá había comprado, para mi uno de los mejores carros, versátil y cómodo. Un día llegó “ese día”, manejar un trayecto largo en “mi Lancer”. Mi papá (como verán responsable de mi gusto por manejar) me dijo que tenía que “ser más hombre detrás de un volante” y después me dijo: “Te llevarás el carro hasta Punta de Mata, tu solo”. Yo no lo creía, pero así fue, manejé un largo trecho, 40 o 50 kilómetros, una hazaña para un chico de mi edad, 14 años.

Cortesía: Google. Profesional Rally, Sidney 2010
Siempre digo que “no quiero morir sin antes haber manejado un vehículo de rally profesional”, de esos que van de cero a 250 kilómetros en menos de 10 segundos; rustiquear sería otra meta, tener control de aquellas camionetas que no se detienen ante barro, ríos o cualquier obstáculo. Me gusta la velocidad, pero he sido bien responsable ante el volante: “precaución ante todo” como dice mi mamá. Estoy casi seguro que esta adicción por la velocidad la adquirí viendo a mi papá (que parece el protagonista de este cuento) quien maneja de una manera simplemente espectacular, de forma defensiva, con seguridad y precisión, a veces se excede y parece uno de esos policías que, al mejor estilo de persecución neoyorquina, avanza detrás de ladrones invisibles. Él ha tomado muchos cursos de manejo, tiene experiencia, sabe lo que hace… y viéndolo bien ahora, sé que sus regaños son justificados, quiere, simplemente, que lo haga bien… quizás mejor que él.

Cortesía: Gustavoceratimusica.com.ar
A mis 21 años de edad, y retirado de casa por cuestiones de estudios, me gusta la velocidad tanto o más que el Toddy, otra adicción. En la ciudad donde me encuentro casi no manejo, pero al llegar a casa, mi verdadera casa, soy el “dueño del carro”, bien sea haciendo diligencias o paseando por la ciudad, siempre testigo de mis pocas y muy seguras proezas frente al volante, del Lancer, Cherokee o Camry, pero siempre con total responsabilidad… eso que le conste a mi papá. Ha sido de mi agrado escuchar las rolas de Gustavo Cerati mientras manejo, lo que garantiza mayor pasión, a mi parecer, por la velocidad. Velocidad, música y adrenalina… la combinación perfecta, mientras que la responsabilidad forma el complemento esencial para saber disfrutar de esos “vicios o adicciones de la vida”.

Le doy gracias a Dios por ser mi acompañante eterno mientras estoy detrás del volante, él no habla, no se manifiesta, pero está… ha sido desde los siete años el mayor y más importante copiloto. No suelo pensar mucho en ciertas y curiosas cosas, pero confieso que las veces en que la música se apodera de mi pasión por la velocidad, un coctel perfecto para la muerte, Dios escoge ese momento para que mi pies resbalen del acelerador, evitando así que la velocidad pase los 160 kilómetros por hora. No lo entiendo, pero si es por mi bien, que nunca me abandone este gran acompañante. Igual le pido me conceda la oportunidad de conducir en un rally profesional, pero que esa vez me deje alcanzar la velocidad máxima… ojala los 250 o 300 kilómetros por hora… Por los momentos dreno esta adicción por la velocidad a través de un blog... cosa que estoy considerando un vicio, no tan peligroso.

Me tomaré la atribución de agradecer a mi maestro, mi padre, Freddy Marcano, por enseñarme, las veces que pueda, aquellos detalles para que “un buen conductor tenga éxitos en la carretera”… aunque siempre refuto diciéndole que “cada quien maneja de manera distinta, paciencia y más paciencia viejo…”
Al resto de los lectores, pueda que la velocidad en exceso sea un peligro, pero usar cinturón de seguridad y poner a funcionar la conciencia es un respaldo para disfrutar esas “adicciones” de la vida… así lo veo.

Escrito por: Freddy Marcano (El autor)

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